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¿Pongo los precios en mi web de bodas?

6 minMadrigal Marketing

Poner precio no te quita parejas: te quita conversaciones que no iban a ningún sitio. Cuándo compensa, cuándo no y cómo escribirlo sin perder bodas.

Una pareja entra en tu web un domingo por la tarde. Mira ocho fotos, busca «precios» en el menú, no lo encuentra, y se va a la siguiente pestaña, donde tiene abiertos otros cinco proveedores. No te ha escrito. No te ha dicho que no. Tú ni siquiera sabes que ha estado ahí, y el lunes seguirás pensando que el problema es que Instagram ya no llega a nadie.

Esa escena se repite miles de veces entre septiembre y febrero, que es cuando se cierra el grueso de las bodas. La web que tienes ahora mismo va a recibir este otoño casi todo el tráfico interesante del año. Y la decisión de si enseñas precio o no cambia por completo lo que llega a tu bandeja de entrada.

Lo que cambia de verdad cuando pones el precio en la web

Poner precio no reduce el número de parejas que te encuentran. Reduce el número de parejas que te escriben. Son cosas distintas, y confundirlas es lo que hace que casi todo el mundo tome la decisión al revés.

Sin precio, te escribe todo el mundo: la pareja que tiene 3.000 € para fotografía y la que tiene 600 € y no lo sabe todavía. Te llegan más mensajes, la sensación es buena, y luego te pasas la semana mandando tarifas a gente que se cae en cuanto lee la primera cifra. Con un precio visible, te escriben menos, pero el que escribe ya ha visto el número y ha seguido adelante.

Una web sin precios no filtra a nadie: traslada el filtro a tu WhatsApp, y ahí lo haces tú, a mano, de noche, gratis y una conversación cada vez. Ese trabajo tiene un coste real aunque no lo factures: es el motivo por el que en octubre tardas dos días en contestar mensajes que valían la pena.

La pregunta no es cuántas parejas te escriben. Es cuántas de las que te escriben podían pagarte.

¿Precio cerrado o un «desde»?

Para la mayoría de oficios de boda, un «desde» honesto funciona mejor que la tarifa completa. La tarifa completa invita a comparar líneas de un Excel; el «desde» sitúa a la pareja en tu franja y deja la conversación para cuando ya sabes qué boda tiene.

La trampa está en la palabra «honesto». Si tu web dice «desde 900 €» y la boda que firmas de verdad son 1.600 €, ese «desde» no filtra: solo aplaza la mala noticia. La pareja llega ilusionada, recibe el presupuesto real y siente que le han cambiado el precio a mitad. Ese es exactamente el mensaje que se queda sin respuesta.

La objeción que sale siempre aquí es la competencia: si publico mis precios, el de al lado los ve y se pone un poco por debajo. Los ve igualmente. Le basta con escribirte desde un correo cualquiera preguntando por una fecha, y en dos días tiene tus tarifas en el móvil. Lo único que consigues escondiéndolas es ponérselo difícil a la pareja y fácil a nadie.

Un «desde» sirve cuando corresponde a un paquete que has vendido este año a alguien, tal cual, sin extras. Si no existe esa boda, no existe ese «desde». En ese caso es mejor una horquilla: la mayoría de parejas que trabajan conmigo invierten entre 1.400 y 2.200 €. Es más incómoda de escribir y mucho más eficaz, porque describe la realidad en lugar del caso más barato.

Cuándo es mejor no poner precios

Hay negocios donde el precio suelto no significa nada, y ponerlo hace daño en vez de filtrar. Si eres finca, catering o planner, tu precio depende de invitados, fecha y formato, y un número aislado da una idea falsa que luego tienes que desmontar.

Ahí no pongas tarifa: pon la puerta de entrada. Funciona bien decir el precio por invitado y el mínimo real de contratación, o directamente la frase incómoda: no cerramos bodas por debajo de X. Filtra igual de bien que una tarifa y no te ata a nada.

El otro caso es el de gama alta. Si trabajas muy por encima de la media de tu zona y buena parte de lo que vendes se transmite hablando (la confianza, cómo tratas el día, lo que has hecho en bodas parecidas), el número desnudo en la web te elimina antes de que puedas explicarte. Aun así, tampoco escondas el rango entero: una línea que diga que trabajas a partir de cierto nivel de inversión evita que se te llene el calendario de videollamadas con parejas que iban a otra cosa.

Dónde se pone el precio y qué escribes al lado

El precio va dentro de una página que se pueda leer sin dar nada a cambio, enlazada desde el menú, y con el formulario justo debajo. No en un PDF que se descarga dejando el correo, no en un «te paso tarifas por privado». Ese paso extra parece que captura contactos y lo que hace, sobre todo desde el móvil, es que la mitad se caiga por el camino.

Alrededor del número tienes que responder lo que la pareja se pregunta al verlo: cuántas horas cubres, qué recibe al final, cuándo lo recibe y qué no está incluido. Un precio solo se lee como caro; un precio con lo que hay dentro se lee como una decisión. Y di también lo que cobras aparte, porque el desplazamiento o las horas extra sorpresa son de las cosas que más contratos frenan en la firma.

Y compruébalo en el móvil antes de darlo por hecho. Muchas webs de boda enseñan el precio en una tabla bonita que en pantalla pequeña se convierte en tres columnas apretadas que hay que ampliar con los dedos. Si la pareja tiene que hacer zoom para leer un número, ese número no está publicado.

Si haces publicidad, esto importa el doble. La página a la que llevas los anuncios es la que decide si pagas por conversaciones o por bodas. Una página sin precio infla el número de solicitudes y hace que tu coste por solicitud parezca estupendo, mientras el coste por boda firmada, que es el único que te paga las facturas, se va por las nubes sin que lo veas.

Cómo saber si te está funcionando, con tres números

No decidas esto por intuición ni por lo que diga un grupo de Facebook: decídelo con lo que pase en tu negocio durante ocho semanas. Necesitas tres números apuntados cada semana, y con una hoja de cálculo o una libreta vale.

  1. Cuántas parejas te escriben
  2. Cuántas de esas tienen tu fecha libre y podían pagar tu franja
  3. Cuántas firman

El primero es el que engaña. Cuando pones precio, casi siempre baja, y ahí es donde la gente se asusta y lo quita a las dos semanas. Mira el segundo y el tercero: si te escriben veinte y firmas dos, y luego te escriben doce y firmas tres, has ganado tres bodas y catorce conversaciones de tu vida.

Dale ocho semanas antes de tocar nada. Menos tiempo, en un sector donde una pareja tarda semanas en decidir, no te dice nada. Y compara el mismo periodo del año anterior si lo tienes apuntado, porque comparar octubre con julio es comparar dos negocios distintos.


Abre tu web ahora, en el móvil, como lo haría la pareja del domingo. Cuenta cuántos toques hacen falta para saber por cuánto trabajas. Si la respuesta es «no se puede saber», tienes esta semana la tarea más rentable del otoño: escribe tu franja real, con lo que incluye, en una página con formulario debajo, y apunta desde el lunes esos tres números. En noviembre sabrás si acertaste, y lo sabrás con tus datos, no con los de nadie más.

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